Metallica en el Superdomo Orfeo, Córdoba, 24-1-10
La corona intacta, los reyes en su reino
Después de los shows ofrecidos en River los días 21 y 22 de enero, poco más podía pedírsele a los Cuatro Jinetes. Más allá de mínimos desajustes de violas y batería, Metallica arrasó. Setlists impecables, una comunión admirable con el público y la contundencia escénica previsible, definieron las noches. Lo negativo de ambas fechas podría achacársele a cuestiones de infraestructura: las condiciones infrahumanas en las que el público de campo de estadios debe presenciar un recital internacional, y el poco tino de ubicar tanto el escenario como las pantallas laterales a un nivel demasiado bajo, casi invisibles (ni hablemos de la banda misma) más allá del mediocampo.
Pero luego de despejar las dudas en Buenos Aires sobre quién mantiene aún intacta la corona del Heavy Metal mundial, restaba el especialísimo show que Metallica agregó en el Superdomo Orfeo de la ciudad de Córdoba, el domingo 24. Ya la invitación de los responsables de la organización había sido confirmada la noche anterior, y partimos rumbo a la provincia con el tiempo justo y la ansiedad palpitante por presenciar un evento único. Con el sueño a cuestas por la mala noche en las rutas argentinas, y previo paseo por la ciudad dormida de domingo, alrededor de las 20.30 ingresamos al Orfeo (situado a unos 5 km del centro de la capital cordobesa). Es necesario remarcar que las condiciones técnicas y comodidad del lugar (una suerte de Luna Park más pequeño) causa sorpresa a los porteños, ya que en la Ciudad de Buenos Aires todavía carecemos de este tipo de recintos, que en el exterior son moneda corriente en toda ciudad, grande o chica. El hecho de que Metallica tocaría sólo para 9800 asistentes (cuando menos algo singular a estas alturas de la carrera del grupo), los comentarios previos de la excelencia del sonido en el Orfeo, y la velocidad con que se vendieron las entradas (6 horas desde que salieron a la venta), auguraban lo mejor. Pero los vaticinios quedaron cortos…
Al poco tiempo de finalizado el set de Mad, una elección de banda apertura menos desatinada que las de Buenos Aires, pero que a mi gusto no aporta nada por ser un mero clon de ACDC, el “Heavy metal thunder” de Saxon comenzó a sonar; video intro de “The good, the bad and the ugly” y lights out. Las siguientes dos horas se me pasaron en un estupor; incrédulo frente a la sorpresa de haber vivido uno de los mejores shows de mi vida (estamos hablando de 20 años de asistir a conciertos en el país y en el exterior). Y no exagero. Desde que Hetfield, Hammett, Ulrich y Trujillo ametrallaron con “Creeping Death” hasta el final obligado de “Seek and Destroy”, la atmósfera que se vivió fue de absoluta y pura perfección. El rumoreado sonido excelso del Orfeo fue ampliamente superado por la realidad, ni un acople, ni una falla en toda la noche, y todo a volumen atronador. La minimalista puesta en escena de escenario pelado (y Negro) con dos rampas hacia un nivel superior con tres micrófonos, con la pantalla gigante detrás como en River, impactó doblemente por su efectividad en un espacio más reducido. No muchos lo habrán notado, pero el profesionalismo del crew de los Mets (100 personas trabajando) se hizo evidente al ver que la simpleza del escenario y del nivel superior escondían detrás de cortinillas metálicas al ejército de técnicos, plomos y asistentes detrás de la banda, invisibles para el público pero a centímetros de los músicos. Por ser un espacio cubierto, los efectos de fuegos de artificio fueron dejados de lado y entonces, sin ninguna parafernalia ni adornos, la “banda mas grande del mundo” sólo enchufó y sacudió, cara a cara con su gente.
La batería de Lars ya no es ni la mitad de grande de lo que era, algunos movimientos de los músicos están hiperestudiados (la joda de Hetfield con la púa y los cuernitos) y cierta espontaneidad se rinde ante el profesionalismo adquirido con los años. Pero lo fenomenal fue que nada de eso empañó la performance de Metallica. Pocas bandas de esta talla, hoy en día, son capaces de cambiar siete canciones de show a show, ofreciendo una variedad de repertorio inigualable. Y en el Orfeo, ocho estrenos diferenciaron al show de los de Nuñez: “No Remorse”, “Holier Than Thou”, “Of Wolf And Man”, “Welcome Home (Sanitarium)”, “My Apocalypse” (con su nueva intro), “Damage Inc.”, “Breadfan” Y “Hit The Lights”. Por supuesto, no faltaron el puñado de canciones inamovibles de “Death magnetic”, ni los impostergables “One”, “Nothing Else Matters”, “Enter Sandman”, “Sad But True” y el revienta-estadios: “Master Of Puppets”. Sin duda “Master…” es el punto sobresaliente de todos los shows, donde corrés peligro de desnucarte, y a todo gusto. Por mi parte, “Welcome Home…” y “Breadfan” me conmovieron de una, ubicándome de un cachetazo en lo que estaba presenciando. La proximidad de la banda con la gente acentuó el fervor y los cantitos de “olé olá, Meta-llica” fueron incesantes. Hetfield no lo podía creer, su banda estaba partiendo cabezas en un recinto atípico, se habia aprendido unas palabras en español y decía “Córdoba” a cada rato con un excelente acento argento (gracias a su esposa argentina, calculo). Los Metallica no ocultaban sus sonrisas, y el público no podía dejar de poguear, sudar y pedir más y más. En “Enter Sandman” la locura terminó de estallar, lo ajustados que sonaron sobre el escenario fue difícil de creer, y ahora es difícil de relatar. No hubo pifies ni desajustes, Lars atronó como en la era del ‘Black Album’ con un audio fantástico, Hammet improvisó y varió su solo para la ocasión, y Hetfield al timón mostró un entusiasmo sin par. Confieso que nunca hubiese imaginado a James dejar su guitarra y zambullirse al foso para cantar junto a la gente, con cientos de manos colgándose de su cuello. Las megaestrellas no suelen hacer eso. Tampoco ir a tocar a una ciudad para poca gente, ni pedir disculpas por cancelar un tour previo. Pero Metallica sí hizo todo eso, y aún más: se despidió de la Argentina con un concierto alucinante en un lugar alucinante, manteniendo una virtud que cultivan desde sus comienzos mismos: el animarse siempre a más.
Crónica y fotos: Fernando Serani.
(un agradecimiento especial a Debora Filc de Time4Fun y Carlos Espinoza de Nueva Tribu por el buen trabajo realizado, y a Erika B. por la logística).
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